miércoles, 10 de febrero de 2016

EL ASCENSOR

Como dice Carmen Martín Gaite en un libro "Un tapiz consta de tantos hilos que no puedo resignarme a seguir uno solo; mi enredo proviene de que una historia está hecha de muchas historias, y no todas puedo contarlas."

En nuestras vidas continuamente aparecen y desaparecen personas, personas que van cumpliendo su función aunque en ocasiones nos parezca injusto que desaparezcan, pero todas, todas ellas te dejan una lección aprendida.
Yo aquí "pinceladas de una vida",te voy contando historias que he vivido algunas en primera persona y otras como la que voy a relatar hoy, en la que he sido espectadora de primera fila.

Esta historia ocurrió en un ascensor de un hospital, es una historia de cine mudo, para que te hagas una idea, ocurrió en uno de esos interminables descensos o ascensos, lleno de gente que entraba y salía según nos íbamos parando en las distintas plantas.
En una de esas paradas entraron tres personas, que hubiesen pasado desapercibidas como tantas otras, pero ellas contaban una historia con sus cuerpos, sus miradas... te voy contando: los tres entraron en orden, en primer lugar "la madre", tras ella una pareja joven. La madre al entrar se colocó con la espalda apoyada en la pared, como si necesitase que la sostuviesen, entrelazó sus manos y las balanceaba del frente hacía su pecho con un movimiento pausado, yo diría que rezaba, la segunda mujer estaba al lado de la primera sin apoyar en ningún sitio más que en sus pies, como inerte, con la mirada perdida supongo que buscaba un sitio solitario dentro de ella para vivir su pena, y él, colocado estoicamente al lado de la mujer joven, con el cuerpo girado hacia ella, y una mirada... una mirada que gritaba, ¡me cambio contigo!, no es justo que tú sufras esto, yo me sentía invadiendo su intimidad, intimidad que hoy hago pública.